A Felicia no le gustaba dormir la siesta. Pese a todas las advertencias de su abuela, diciendo que hasta las arañas se la llevarían si no dormía, ella seguía sin aceptar ese momento de tranquilidad que acecha siempre la ciudad de Santa Fe. Estaba sola en la pieza, mirando el techo. No podía hacer nada más. Contó las tablitas del techo unas quince veces, y evalúo cada mancha que tenía la oscura madera. Giró para la derecha, no le gustó la posición, volvió a estar boca arriba; se puso boca abajo; se desesperó. No podía dormir. No quería dormir. Ella quería salir a jugar o tomar la leche con su mamá. Pero claro “todos estaban cansados” y querían descansar. Pero Felicia tenía energía. No tenía por qué descansar. Había madrugado para la escuela, pero nada más. Su hermana decía que tenía una batería inagotable. Felicia odiaba estar aburrida. En serio, lo detestaba. Ya había pensado e imaginado todo lo que se le venía a la cabeza, desde de qué festejaría su cumpleaños hasta cómo sería...
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