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Pequeña gran artista

Pequeña gran artista, con muchas aristas, con sueños y frustraciones. Pequeña gran artista,  esa de manos creativas, la de ojeras comprometidas. Pequeña gran artista, teatrera y divertida. Pequeña gran artista, ármate y desármate varias veces, para encajar a todo lugar que vayas. Pequeña gran artista, patina con una sonrisa. Pequeña gran artista, escribí llenado el teclado de lágrimas. Pequeña gran artista, subite a ese avión y olvídate de todo, que a la vuelta verás qué sucedió después de ese último adiós. Pequeña gran artista, nutrite de los grandes, no te achiques ante ellos, sino que potenciate. Pequeña gran artista, todo empieza siempre una vez más. Gran artista, pequeña niña, llorale a ese salto, sonreile a esa amiga, baila, aunque así no lo quieras, pone música clásica y que nadie te detenga. Pequeña gran artista, hoy te escribo, y nos describo. Pequeña gran artista, hoy una vez más, te saqué de adentro, y volví a hacer arte, rodando sobre negaciones y verb...

Fronteras

  Hay miles de fronteras en el mundo, ¿pero nadie nunca pensó cuántas hay entre humanos? Quitando de lado los aspectos físicos, las fronteras emocionales son aún más fuertes que los límites que un país impone sobre su territorio. Los exiliados de alma somos cada vez más, pero no lo tomemos en un aspecto negativo, a veces exiliar permite repensar. Estoy en un exilio literario, porque tengo un corazón que no habla el mismo idioma que mi razonamiento. Estoy en una frontera emocional, porque no sé si me convence del todo lo que estoy haciendo. ¿La frustración le ganará la carrera a la pasión? Estoy en una confusión constante porque no sé qué le pasa a quien pareció ser mi confidente en los últimos dos años. ¿Será que necesitamos las dos abrirnos hacia nuevas fronteras? Hay una frontera entre el invierno y el verano, y por eso estoy resfriada, ¿La transición de temperaturas no está siendo bien recibida? Tengo fronteras que quisiera borrar, como esas que me limitan ver a mis ...

El sol no dejaba de caer...

El sol se apagaba en el límite entre el cielo y el mar como una vela en la cuarta hora de corte de luz en Santa Fe. Pensamos que era el momento perfecto para bajar a la playa a mojarnos los piecitos y a tomar unos mates en la arena. Después de todo, era nuestro sueño hecho realidad. El sol no dejaba de caer y yo arrancaba a tiritar del frio. Entonces me dio su campera, me la puse, y enseguida sentí la tela sobre mis brazos, y la capucha ligera colgando sobre mis omóplatos. Sentadas en la arena al atardecer, como los viajeros que aprovechan al máximo su último día de playa. El sol no dejaba de caer, y yo sentía hambre. Entonces me dio un pedacito de brownie que había hecho porque sabía que me gustaba. La marea amenazaba cada vez más con acariciar nuestros pies con sus puntas, entonces no dudó en correr la lona un poco más atrás. El sol no dejaba de caer, y la Luna le jugaba una carrera para ver quién aguantaba más en su escondite. La luna se escondía del sol, el sol de la lu...

Kisho y la llave

  Kisho se encontró con un papel debajo su cama, un poco amarillento y arrugado, el cual decía: “La vida sería aburrida si no existiera el aburrimiento. Sin esta idea de “no hacer nada”, o en casos “hacerlo todo”, pero aún así aburrirse. Hay quienes dicen que detrás de la puerta del aburrimiento se encuentran las mejores recetas, los mejores poemas y hasta quizás nos topemos con un par de partituras. ¿Qué cómo abrimos esa puerta? Fácil, como cualquier otra, con una llave. ¿Estas dispuesto a encontrarla?” ¿Una llave?, pensó. Y salió corriendo a revolver los cajones de su casa para encontrar la llave a ese tesoro llamado aburrimiento . Le habló al cielo y le preguntó por este tesoro; se sumergió al rio con unas antiparras para ver si encontraba alguna caja. De mientras, estudiaba Inglés e italiano, y con la otra mano jugaba a un juego con unos amigos, ah, y casi se olvida de que seguía jugando a la escondida con los chicos de la escuela. Entretanto, intentaba encontrar el a...

Miedos

  Hubieron miedos que fueron y vinieron por el mundo. Pienso en nuestros ancestros que quizás su mayor miedo era la oscuridad, o los monstruos que podían acechar por aquí o por allá. Y creo yo que no es casualidad, que desde pequeños lo primero que aprendemos a tenerle miedo es a la oscuridad. Supongo que por eso la luna nos da tanta calma, esa luna que lloró la historia, que es nuestra y fue de nuestros abuelos. Esa luna que nos iluminó, y que a mí al menos, me consoló por el tragaluz de la cocina cuando estaba en su ciclo lleno. Los miedos evolucionan, sí, pero su base es la misma. Nunca se acaban, siempre desafían. El miedo a expresarse no es nada novedoso de este siglo, ¿o acaso las sufragistas no temían cuando salían a manifestarse? ¿O el judío no temía cuando oía unos golpecitos contra su puerta? Todos tenemos miedos, algunos grandes y otros chiquitos. La sociedad misma es la academia para formar los mejores miedos: a la apariencia, al qué dirán, al cómo ser y cómo no a...

Circos modernos

Equilibrista no es sólo quien se mantiene firme sobre una cuerda floja enfrente de miradas expectantes. O al menos no en el sentido literal. Es equilibrista quien trabaja y estudia; quien lee y escribe; quien oye y compone. Es equilibrista el adolescente con la música fuerte, y el docente que da clase a la hora de la siesta. Equilibrista es quien no tiene miedo a caer. Equilibrista la patinadora que intenta el camel una y otra vez. Equilibristas somos todos, porque vivimos en un mundo que constantemente nos tiene en cuerda floja, y la tensa para que se tambalee, lo que provoca que mi tierra se mueva, y los terremotos con lágrimas sucedan. Somos equilibristas en cuerdas con nudos, y malabaristas con fuegos lentos y consumidores. Somos payasos al intentar agradarle a todo el mundo, y somos leones que ya no aparecen en algunos circos. Somos una montaña rusa de emociones, y hoy, te hablo más allá del parque de diversiones.

Felicia y La Cosa

A Felicia no le gustaba dormir la siesta. Pese a todas las advertencias de su abuela, diciendo que hasta las arañas se la llevarían si no dormía, ella seguía sin aceptar ese momento de tranquilidad que acecha siempre la ciudad de Santa Fe. Estaba sola en la pieza, mirando el techo. No podía hacer nada más. Contó las tablitas del techo unas quince veces, y evalúo cada mancha que tenía la oscura madera. Giró para la derecha, no le gustó la posición, volvió a estar boca arriba; se puso boca abajo; se desesperó. No podía dormir. No quería dormir. Ella quería salir a jugar o tomar la leche con su mamá. Pero claro “todos estaban cansados” y querían descansar. Pero Felicia tenía energía. No tenía por qué descansar. Había madrugado para la escuela, pero nada más. Su hermana decía que tenía una batería inagotable. Felicia odiaba estar aburrida. En serio, lo detestaba. Ya había pensado e imaginado todo lo que se le venía a la cabeza, desde de qué festejaría su cumpleaños hasta cómo sería...