Elijo creer que fue el río.
Hay historias que no se pueden contar. Hay historias
que solo han de ser vividas, pero no transmitidas. Donde el viento, el pasto y
la lluvia son los únicos testigos.
Hay historias que nunca terminan, aunque sus
protagonistas se distancien. Hay quienes lo llaman hilo rojo, hay quienes lo
llaman destino.
Para mí, es una reverenda mierda. Pero según mi
abuela, esas palabras no son de señorita.
Hay historias que merecen ser oídas, y que el
viento se encarga de transmitir.
Esta historia, no merece ser contada. Solo
tiene que ser vivida.
Hay dos personas que se aman. Hay dos personas
que se miran. Hay dos personas que por más que quieran, no pueden estar juntas.
Hay dos personas que tienen dos vidas. Hay dos
personas que cambiarían todo si las circunstancias cambiaran.
Pero esa no es mi vida, no.
Mi historia no la cuenta el viento.
Mi historia, quizás, la cuente el río.
En el río nos conocimos y en el río nos
despedimos. O algo así.
Tomando mate, armando listas de temas que
queríamos charlar, intercambiando libros, mirando atardecer y huyendo de los
relojes. Así recuerdo que nos conocimos.
No sé por qué ni cómo nos amamos. No medí
cuánto tiempo duró, porque presiento que con él el tiempo pasaba distinto.
-
¿Qué
es lo que más te gusta hacer? Le pregunté.
-
Ver
el agua correr. Dijo, suspirando.
Me paralicé. Era la séptima coincidencia que encontrábamos
entre nosotros. Siempre odié el número siete sin motivo aparente.
Los meses pasaron. Nos veíamos cada vez más seguido.
Pero había una barrera que no podíamos superar. Nunca entendí por qué.
Un día, nos dejamos de ver. Fue un largo tiempo
de tener que soportar encontrarme con las siete coincidencias constantemente sin
poder comentárselas.
En algún momento naturalicé las coincidencias,
o simplemente las dejé de ver.
Hasta que volví al río.
Dicen que quienes están destinados a estar
juntos se encuentran en esta vida y en todas. Hay quienes lo llaman hilo rojo.
Hay quienes lo llaman destino.
Yo, lo llamo una porquería. En palabras más
aceptadas por mi abuela.
Porque yo sentí que estábamos destinados. Realmente
lo sentía así. Me lo decía el viento, la lluvia y el pasto.
Sin embargo, nuestra historia fue de esas que
no se pueden contar. De esas que se viven en secreto.
Me lancé al río, para verlo más de cerca. A él
y al río.
Llegué al fondo, y lo vi. Él también había pensado
lo mismo.
Ocho coincidencias, pensé.
Cerré los ojos, tomé su mano. Nos hundimos. Y quizás, en otra vida, nos
encontramos. Y allí, sí podremos estar juntos.
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