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8 coincidencias

 Elijo creer que fue el río.

Hay historias que no se pueden contar. Hay historias que solo han de ser vividas, pero no transmitidas. Donde el viento, el pasto y la lluvia son los únicos testigos.

Hay historias que nunca terminan, aunque sus protagonistas se distancien. Hay quienes lo llaman hilo rojo, hay quienes lo llaman destino.

Para mí, es una reverenda mierda. Pero según mi abuela, esas palabras no son de señorita.

Hay historias que merecen ser oídas, y que el viento se encarga de transmitir.

Esta historia, no merece ser contada. Solo tiene que ser vivida.

Hay dos personas que se aman. Hay dos personas que se miran. Hay dos personas que por más que quieran, no pueden estar juntas.

Hay dos personas que tienen dos vidas. Hay dos personas que cambiarían todo si las circunstancias cambiaran.

Pero esa no es mi vida, no.

Mi historia no la cuenta el viento.

Mi historia, quizás, la cuente el río.

En el río nos conocimos y en el río nos despedimos. O algo así.

Tomando mate, armando listas de temas que queríamos charlar, intercambiando libros, mirando atardecer y huyendo de los relojes. Así recuerdo que nos conocimos.

No sé por qué ni cómo nos amamos. No medí cuánto tiempo duró, porque presiento que con él el tiempo pasaba distinto.

-          ¿Qué es lo que más te gusta hacer? Le pregunté.

-          Ver el agua correr. Dijo, suspirando.

Me paralicé. Era la séptima coincidencia que encontrábamos entre nosotros. Siempre odié el número siete sin motivo aparente.

Los meses pasaron. Nos veíamos cada vez más seguido. Pero había una barrera que no podíamos superar. Nunca entendí por qué.

Un día, nos dejamos de ver. Fue un largo tiempo de tener que soportar encontrarme con las siete coincidencias constantemente sin poder comentárselas.

En algún momento naturalicé las coincidencias, o simplemente las dejé de ver.

Hasta que volví al río.

Dicen que quienes están destinados a estar juntos se encuentran en esta vida y en todas. Hay quienes lo llaman hilo rojo. Hay quienes lo llaman destino.

Yo, lo llamo una porquería. En palabras más aceptadas por mi abuela.

Porque yo sentí que estábamos destinados. Realmente lo sentía así. Me lo decía el viento, la lluvia y el pasto.

Sin embargo, nuestra historia fue de esas que no se pueden contar. De esas que se viven en secreto.

Me lancé al río, para verlo más de cerca. A él y al río.

Llegué al fondo, y lo vi. Él también había pensado lo mismo.

Ocho coincidencias, pensé.

Cerré los ojos, tomé su mano. Nos  hundimos. Y quizás, en otra vida, nos encontramos. Y allí, sí podremos estar juntos.

 

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