En la vida hacen falta instrucciones: cómo ahorrar correctamente, cómo cambiar una rueda, cómo cebar buenos mates, cómo ocupar eficientemente el espacio en la valija, cómo narrar lo que duele, y a mi parecer, la más esencial: cómo sobrevivir al ataque de un dragón de komodo.
En primer lugar, mantenerse alerta. Esta especie ataca justo en los momentos donde todo parece estar en calma. La clave es siempre mantener un ojo abierto, pero que no me escuche mi psicóloga.
En segundo lugar, permanecer en grupo. La muchedumbre asusta al depredador. Cuando uno tiene con quién sostenerse, esquivar ataques resulta más sencillo.
En tercer lugar, y sólo en caso de que el dragón ataque, correr en zigzag. Según los científicos-cuya voz no me han autorizado a utilizar-, el cambio de caminos hace que el ataque se aligere. Quizás es cuestión de cambiar de rumbo cuando sentimos que hay algo que no cuadra, o cuándo vemos que el bicho se acerca.
En cuarto lugar, defenderse en caso de que sea necesario. Si el cambio de rumbo, el equipo, y la alerta no funcionaron, es cuestión de usar cualquier objeto a nuestro favor para salvaguardar el corazón. Entiendase como objeto a: los libros, la lluvia, la música de noche, las charlas con las abuelas, palos-nunca está de más tener algo a mano para arrojar-, los chats con tu mejor amiga, el chocolate, y/o cualquier cosa que te haga sentir en casa.
Si el dragón identifica que uno está seguro, en calma, o que tiene una coraza para protegerse, es muy probable que se rinda al atacar.
Quizás no todos los dragones de komodo que nos persiguen vienen de Asia; algunos están entre nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario