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Paz

¿Se puede encontrar la paz en la guerra? Nunca me lo puse a pensar, pero ahora tengo todo el tiempo del mundo para hacerlo. Después de todo, no me queda nada más que hacer. Ya lloré, ya grité, ya pensé como escapar. Pero sé que es imposible; no porque lo haya intentado, sino porque vi cómo otros lo intentaban. Es imposible huir, a menos que a la muerte quieras sucumbir.

Otra noche más, acostada entre estos astillosos barrotes, con siete personas más a mi alrededor. Quienes son completamente desconocidos para mí. 

No tengo más ropa además de la que llevo puesta, no tengo más comida que no sea la ración que me dan por día, no tengo siquiera más familia. No tengo identidad, no tengo noción del tiempo. A esta altura ya me siento perdida. No me encuentro ni en los recuerdos.

No tengo papel ni lápiz para escribir lo que siento. Sólo tengo mi cuerpo, que es el lienzo sobre el cuál los otros me castigan por mis pensamientos. Mis gritos se los lleva el viento, mis lágrimas quedan en la tierra, pero mi imaginación aumenta cada vez que puedo ver las estrellas.

La paz no existe en sí, o al menos no ya sabiendo que puede ser quebrantada cuando oís gritos y disparos en el gueto. No existe la paz, en todo caso existirán momentos de paz, si es que estos son verdaderos, nunca me percataré, pues arden en el fuego, o se esconden bajo la tierra.

Ya no veo más árboles perdidos en el horizonte, los pájaros dejan de volar. Pierdo las esperanzas de volver a casa, no encuentro nada más en qué confiar. Ni siquiera en mi sombra me encuentro; tampoco recuerdo cómo se sentía la música inundando mis huesos. Pero después de todo, no es nada nuevo, pues en el campo de concentración, siempre se arrebataron los sueños.

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